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| 01-07-2007 |
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| El Teide, Patrimonio Mundial |
Artículo de Ricardo Melchior Navarro, Presidente del Patronato del Parque Nacional del Teide
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01JUL07 (10.30 GMT) Cuando se inició el expediente en la Junta del Patronato del Parque Nacional del Teide celebrada el 7 de octubre de 2002, adhiriéndose con posterioridad las distintas administraciones que formaron una piña unidas por una causa común, todos soñábamos con que llegara la noticia casi cinco años después. Ahora miramos hacia detrás recordando aquella fecha, rememorando aquella reunión en el salón noble del Cabildo de Tenerife y emocionándonos al comprobar que valió la pena. Nuestra Isla se encuentra de enhorabuena. Esta misma semana la Unesco ha decidido incorporar el Teide, el emblema que nos representa a todos, al catálogo de sitios naturales considerados como Patrimonio Mundial. Y ello ha de ser, sin ninguna duda, un motivo de orgullo para todos los hijos de esta tierra tinerfeña, quienes desde que venimos al mundo apreciamos al volcán como algo propio, como un símbolo que se halla situado muy cerca de nuestros sentimientos. De hecho, el Teide siempre ha supuesto una referencia para los isleños de hoy y los de ayer; y también para todos aquellos foráneos que en cualquier momento han tenido la oportunidad de contemplar admirados su magnificencia. Es un monumento natural que no admite comparación porque posee una imagen propia y muy característica. Ha sido precisamente ese aspecto el que ha llevado a numerosos artistas a reflejar en sus obras, tanto gráficas como literarias, la belleza inigualable de una montaña que siempre se nos antoja diferente al contemplarla, tal es la riqueza de matices que posee. Nuestro volcán y, en general, el entorno incluido en el Parque Nacional cuentan con unos valores paisajísticos extraordinarios y con unos atractivos geológicos de primer orden. Así, tradicionalmente las cumbres tinerfeñas han despertado el interés de muchos científicos dedicados a realizar investigaciones en un lugar que ofrece incontables variedades morfológicas y representa ciertamente un extenso laboratorio natural. Esta realidad ha llevado a la Isla a convertirse en una cita ineludible para quienes el estudio del vulcanismo constituye su quehacer profesional. Esos valores ligados en esencia a la propia tierra se amplían, asimismo, a otras áreas de no menor trascendencia y de especial aliciente para las Ciencias, como sucede con la singular fauna y con la flora endémica tan peculiar que habitan en este espacio. Además, otros campos del saber también hallan asiento en el Teide y su área de influencia; tal es el caso de la Arqueología y, sobre todo, de la Astrofísica, que dispone en la zona de uno de los centros internacionales más punteros. Todas esas circunstancias han influido en la decisión adoptada por los responsables de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura durante la reunión que han sostenido en Nueva Zelanda. No obstante, para hacer ello posible fue preciso el empeño y la iniciativa puestos en juego por las instituciones insulares, que recabaron el apoyo de la Comunidad Autónoma y, posteriormente, del Estado en la consecución de un objetivo que a todos tenía que motivarnos. Muchas han sido las personas y las entidades que se han esforzado en lograr hacer realidad un sueño fantástico como ha sido este. A partir de este momento, la Isla de Tenerife y su Teide figurarán con un protagonismo sustancial en los foros donde se describa y se aborde los hitos naturales de este planeta nuestro que entre todos debemos cuidar y proteger. Ello nos produce satisfacción pero, al mismo tiempo, nos lleva a adquirir una mayor responsabilidad y también un compromiso que, estoy seguro, los tinerfeños estamos dispuestos a asumir con la decisión que el caso requiere. La concesión de este premio ha de servir asimismo para recordar la labor desempeñada por multitud de personas que a lo largo del tiempo se han preocupado de preservar nuestro volcán y el entorno en que se asienta. Es momento para destacar la figura de Telesforo Bravo, un científico dedicado en cuerpo y alma al Teide y a la Isla que, por desgracia, nos dejaba justamente en enero de 2002, nueve meses antes de aquella reunión de la Junta del Patronato en la que siempre lo tuvimos muy presente; o también la de aquellas personas que desde la constitución del parque nacional hasta ahora se han desvivido por conseguir que nuestro símbolo más señero ofrezca actualmente un excelente estado de salud. A todos ellos, muchas gracias por su trabajo y al conjunto de las gentes de Tenerife, muchas felicidades.
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